Hace unas semanas, se celebraban en mi pueblo, Fuente el Fresno, la feria y fiestas de Santa Quiteria (geniales por cierto, se las recomiendo a todo el mundo). Y como buena feria que se precie, a parte de los toros, las atracciones y los chiringuitos, en la carpa había una orquesta.
La orquesta en cuestión (Andalus creo que se llamaba) tuvo de todo: los típicos pasodobles y canción popular para los abueletes, las canciones que bailaban nuestras madres hace unos años y las que están de moda de unos años hacia acá para los jóvenes.
Pues bien, la orquesta tocó de maravilla (comparado con lo que te encuentras algunas veces por ahí...), buena voz los vocalistas, buena batería, buen bajo, y ESPECTACULAR guitarra eléctrica. El tipo, que debía rondar los 40, media melena, y por sus rasgos debía ser de Sudamérica le pegaba a las cuerdas de maravilla, no era un virtuoso, un Keith Richards, un Jimi Hendrix o un Brian May, pero se defendía bastante bien.
El caso es que a las 6 de la mañana, después de cantarnos a los que estábamos allí las canciones que mejor calan y las últimas novedades, de complacer peticiones y aguantarnos, decidieron despedirse con una magnífica canción de los DIRE STRAITS: SULTANS OF SWING!!!!
Pues bien, los cuatro alcoholizados de la primera fila, aguantaron los 40 primeros segundos tratando de averiguar qué canción era aquella que sonaba, y que por la tajada que llevaban o porque era en inglés no lograban reconocer. Al minuto, viendo frustradas sus esperanzas de poder cantar algo se dieron la vuelta y comenzaron a tararear sus absurdeces. Y a los dos minutos comenzaron a pitar a la orquesta. Pobres de algunos que no sabían que la canción durara unos 6 minutos y que no estaban en condiciones de hiperventilar durante todo ese tiempo.
Y allí estaba yo, en un lado del escenario, en frente de guitarrista. Una mano en alto que se dejaba llevar mientras chapurreaba la canción y mi cabeza que no podía evitar mover al ritmo de los acordes. Mientras tanto, miraba de reojo a los que tenía alrededor: mis amigas me miraban con cara rara por disfrutar de aquella canción más que con "Mi niña bonita", "Lady" o "Ai se eu te pego". La primera fila de gente llevaba un minuto silbando, la segunda comenzaba a hacerlo, y en la tercera ya se habían hecho grupitos y la gente pasaba del tema.
No podía entender cómo no se conocía aquella canción, cómo no podían reconocer cuándo una pieza es buena (aunque no la hubieran escuchado hasta el momento) o cómo algunos tenían la poca educación de abuchear a aquellos que llevaban más de 4 horas contentándoles para que ellos se motivaran y tuvieran una buena noche.
Cuanto más me cabreaba esta escena más procuraba hacerme notar y apoyar a los de encima del escenario. Por suerte, una de las mejores personas que he conocido del pueblo en los últimos años se me unió y abrazados con las manos en alto allí estuvimos con las manos en alto hasta que terminó la canción. Era un alivio pensar que alguien reconocía a los Dire Straits y que su cultura no se limitaba a Melendi y Dade Yankee.
Al final, cuando apagaron las luces no pude evitar acercarme al guitarrista en cuestión y felicitarle por su actuación de aquella noche. Al principio me daba vergüenza, pero creo que era lo correcto demostrarle a aquel hombre que por lo menos alguien se había quedado con buen sabor de boca por su trabajo.
Para él, para Óscar, para mis amigas, los que silbaron y sobre todo para los que quieran deleitarse los oídos con un magnífico grupo, DIRE STRAITS.
Sultans Of Swing
Romeo & Juliet
Money For Nothing